Si existe un rasgo característico que distingue a una ciudad del mundo de la otra es su comida, y en ese aspecto, los romanos llevan ventaja, ya que desde la antigua Roma poseían ciertas costumbres y preferencias que los distinguían.
El desayuno era nombrado como “ientaculum”, la base del mismo era una rodaja de pan untada con un diente de ajo entero condimentado con sal y pimienta. Muchos acompañaban este exquisito tentempié con huevos crudos revueltos, miel, frutos secos y una cantidad abundante de uvas, la fruta predilecta de los romanos.
En lo que al almuerzo respectaba, no solía ser uno de los platos fuertes del día, sino que se comía las sobras de la cena de la noche anterior. Tal es así que la cena era la protagonista en la alimentación romana.
Comenzaba a las cinco de la tarde y podía durar más de tres horas, sobre todo en las adineradas familias nobles. Uno de los platos tradicionales de los emperadores era el “pulmentum”, una especie de papilla hecha con harina de trigo acompañada con frutos secos, ajo y miel.
La carne no era un alimento para todos: los nobles la comían en los días festivos sacrificando a los animales en honor a los dioses y los pobres pocas veces en sus vidas. Muchas veces las sobras de dicho alimento eran donadas a algunas familias pobres, sobre todo a la de los sirvientes de las grandes familias de la ciudad.
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Junto con la cocina griega, la romana funda las bases de una gastronomía consciente de los nuevos productos y la imaginación. Gracias al descubrimiento de los textos apicianos me picó el gusanillo de explorar los sabores de la antigüedad. Os invito a visitarme en DE COCINA ANTIGUA. Hay que seguir promeocionando los sabores olvidados.
Un abrazo desde Emerita Augusta
gracias por la informacion, esta muuy buena.
que raros eran!